martes, 20 de mayo de 2014

España debe buscar su "río Han"

Si estás leyendo este post en un soporte móvil, es muy probable que el dispositivo que tienes en tus manos haya sido fabricado en Corea del Sur. El país asiático es el primer fabricante de tabletas y teléfonos móviles del mundo. Es líder también en fabricación y exportación de pantallas de cristal líquido (LED/LCD) y se sitúa entre los cinco primeros productores mundiales de ordenadores y automóviles. ¿Es casualidad? No.


A comienzos de los años 70, el 80% de la población activa de Corea del Sur trabajaba en el campo, la renta per cápita apenas sobrepasaba los 80 dólares y el país contaba con una tasa de analfabetismo del 40%. Sus dirigentes tomaron entonces la determinación de cambiar radicalmente el modelo productivo y apostar de forma decidida por la innovación, la tecnología y la producción volcada en la exportación. Este cambio les permitió iniciar el denominado milagro del río Han, –en honor a las aguas que bañan la ciudad de Seúl– que, tres décadas después, ha convertido a Corea del Sur en la economía número doce del mundo, con un PIB de 1,62 billones de dólares (el de España asciende a 1,40 billones) y una renta per cápita de 23.749 dólares. Es decir, en algo más de treinta años, los coreanos han multiplicado por 300 sus ingresos y lo han hecho forjando las bases de un modelo económico sólido y sostenible a largo plazo, que les ha llevado a alcanzar el tercer puesto mundial en número de patentes registradas, sólo por detrás de Japón y Estados Unidos.

El caso de Corea es significativo e invita a realizar una reflexión sobre la capacidad que tiene un país para diseñar su futuro. Ahora que estamos en los albores de una recuperación económica, tibia y desigual, eso sí, pero recuperación al fin y al cabo, es necesario que dediquemos un momento a reflexionar sobre el modelo de país que queremos ser. En los últimos años se ha hablado mucho de que los jóvenes españoles vivirán peor que sus padres –algo que no ocurría desde hacía décadas– por diversos factores como las peores expectativas económicas, el envejecimiento de la población, etc. Pues bien, contra la lógica abrumadora de los datos y la cruda realidad que vivimos en muchos casos, creo firmemente que podemos cambiar esa fatídica predicción. ¿Cómo? Innovando.

Werner Von Siemens, decía que no podemos predecir el futuro, pero sí inventarlo. Aplicando esa máxima, España es capaz de crear un modelo económico sostenible, que garantice el crecimiento a medio y largo plazo, y sea lo suficientemente robusto para sortear con mayor cintura las crisis venideras. No es casual que economías como la alemana o la estadounidense hayan sufrido una crisis más corta y menos virulenta que la que nos aqueja a nosotros. Los mimbres de su modelo económico están hechos de un material más resistente…

Pero, ¿cómo creamos un modelo de esas características? Sólo hay una manera. Con un consenso y un compromiso colectivo. Más allá de urgencias y necesidades coyunturales, necesitamos aplicar verdaderas reformas estructurales que sienten las bases de nuestro modelo económico para los próximos veinte o treinta años. El Gobierno tiene una oportunidad histórica y cuenta con la capacidad para pilotar ese cambio. Un cambio que nos lleve, por ejemplo, a contar con una verdadera política industrial, que sea ambiciosa y que sitúe el peso de nuestra industria en las cotas de los países más avanzados (20%, frente a nuestro 15% actual); o que promueva un acuerdo general para mejorar las condiciones de acceso a la financiación (no sólo bancaria).

Otra de las reformas irrenunciables que, en mi opinión, deben llevarse a cabo, pasa por fomentar, desde todos los ámbitos, la innovación y el emprendimiento. La innovación nos ha proporcionado tecnologías, inimaginables hace tan sólo unos años, que multiplican la eficiencia de los procesos de producción y que siguen evolucionando cada día para ofrecernos soluciones aún más rentables. Es necesario dedicar más recursos a la I+D+i, sin duda, pero sobre todo es imprescindible cambiar la actitud y propiciar que nuestros jóvenes puedan aplicar, al salir de las universidades y de los centros de formación, todo el entusiasmo del que sean capaces para poder crear y hacer las cosas de forma diferente.

Necesitamos una mayor alineación entre el mundo académico y el empresarial que favorezca la transferencia de innovación, lo que crearía más proyectos emprendedores de éxito. Así, esas iniciativas podrían crecer y convertirse en compañías de mayor tamaño para competir mejor, salir al exterior y acceder a nuevas vías de financiación. También es importante fomentar una estructura jurídica y financiera que favorezca la creación de ‘start up’ e introducir nuevas políticas de gestión en el campo de los recursos humanos, ya que las personas son el principal motor de innovación de una sociedad.

La innovación, además de en las universidades y las empresas, también está en la combinación de la experiencia y el talento; en la forma de aplicar los recursos disponibles; en la manera de optimizar los procesos; en las vías para reducir los costes energéticos; en la creación de infraestructuras digitales que sienten las bases para acoger la revolución que viene (Big Data, Internet de las cosas…) y que permitirá la digitalización de los procesos… además de en muchos otros ámbitos de la vida empresarial y cotidiana.
España tiene en sus manos la decisión de buscar su futuro, de buscar con ahínco su propio Río Han. No podemos dejar pasar la oportunidad.

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